Opinión | La inteligencia artificial es el espíritu de la humanidad

Hoy en día se lee y escribe más que nunca (aunque no sean necesariamente libros). La escritura y la lectura siguen siendo una gran oportunidad para conectar con otro espíritu.

Andrés García Barrios. 19 de enero de 2026. Instituto para el futuro de la educación Tecnológico de Monterrey

La lectura, pienso, es de los pocos instrumentos que tenemos los seres humanos para conocer el espíritu de los demás. La gente dialoga poco: habla rara vez de sus impresiones y experiencias más íntimas y, aún menos, escucha las de otros. Chismea mucho, pero en esto se limita a dar una visión exterior de los hechos: el chisme, como todos sabemos, aunque muy personal en lo emotivo, está siempre comprometido con el punto de vista de los demás; cuando aporta una visión de verdad propia, deja de ser chisme.

También se lee poco, pero, al menos, los libros están ahí, disponibles siempre para quien quiera abrirlos.

El mundo del habla parece estar restringido a lo convencional, a lo conocido por todos: el cumplimiento de reglas, el establecimiento de acuerdos, la prescripción de acciones. Rara vez es bueno para la intimidad y la confesión. En cambio, la lectura parece introducirnos en un mundo especial, desconocido, único: el mundo interior de alguien, el que no puede verse ni oírse a simple vista ni a simple oído; el que suena mejor cuando se transmite en silencio.

Es bien sabida la anécdota del momento en que Agustín de Hipona ve leer a San Ambrosio en silencio. En un tiempo en que toda la lectura se hacía en voz alta y para los demás, el que su maestro leyera sin hablar y solo para sí, le pareció a Agustín un acto casi fantasmal: Ambrosio lucía ausente, como transportado a otro mundo, lejos de su cuerpo. Y, en efecto, de alguna manera lo estaba: aunque suene raro, leer puede ser como ocupar por un momento otro cuerpo.

Ya he sugerido en un artículo anterior que un texto puede registrar y transmitir incluso las experiencias corporales de quien lo ha escrito: las de sus entrañas y también las externas. Vibramos junto con otros cuando leemos, incluso a través de los siglos (ese, entiendo, es el valor que tiene leer a otros en su lengua original). Para hiperbolizar mi idea (o sea, exagerarla), recurro ahora a un pasaje genial de Víctor Nubla, quien en su libro La ciencia a la luz del misterio compara el uso del torno giratorio para hacer dibujos sobre piezas de cerámica (por ejemplo, para trazar una línea de color alrededor de una olla de barro), compara esto con la grabación de sonidos en discos de acetato que dan vueltas (estos después se reproducen, con una aguja hipersensible, en una tornamesa también giratoria: ¡ah, los viejos tiempos!). La tesis de Nubla es que, si ya mujeres y hombres primitivos pintaban sobre loza giratoria, quizás sus voces, vibrando en el aire y pulsando sobre el pincel, se hayan quedado grabadas en los trazos, y en algún momento, con la tecnología adecuada, podamos reproducirlas. Sería maravilloso oír aquellas pláticas al pie del torno. Pues bien, mi idea (no tan original) es que los textos son así (aunque no literalmente): en ellos la gente no solo transmite lo que está pensando y sintiendo, sino también sus sensaciones físicas, incluso sus impulsos; así que, con la tecnología adecuada, quizás algún día podamos registrar patrones de conducta corporal en la literatura universal. Hoy por hoy, esa tecnología está presente en el lector, y se llama sensibilidad.

La lectura en voz alta y para los demás, tiene gran importancia: también expresa el espíritu y compensa  con calor comunitario el desgaste que sufren las palabras habladas, si no con el rozar del aire, sí con la interpretación (por esto yo, de forma insólita, en los audiolibros, prefiero las voces robóticas a las dramatizaciones). Sin embargo, es obvio que la imprenta y la producción masiva de libros vinieron a provocar un salto fundamental en las posibilidades de los seres humanos de comunicarse entre sí, incluso a través del tiempo.

La realidad humana se librificó. Ahora, más gente podía saber más sobre los otros y descubrir las complejidades espirituales de personas que en la vida diaria podían parecer triviales y planas. No es raro que con ello se haya descubierto, a manera de un verdadero boom, el valor individual que tiene cada ser humano, ni que haya hecho explosión, justamente, el individualismo moderno, con su exaltación de la persona y la originalidad de cada mente humana.

Al propagarse este descubrimiento, la mayoría de la población empezó a intuir que, incluso dentro de su más humilde prójimo, había alguien quizás tan complejo, tan variado y atractivo, como un autor de libros. La persona, como ser único, ocupó, entonces, el centro de la creación, de cara al creador (eso fue muy bueno, porque, por las mismas fechas, se había empezado a hablar de que la Tierra no era el centro fijo del universo sino un astro pequeño, redondo y volador, y en consecuencia todo en la sociedad humana había empezado a perder piso –algo muy parecido a lo que ocurre en la actualidad–: urgía descubrir otros asideros, pero en el mundo de afuera todo empezaba a desplomarse, así que tener la posibilidad de ir adentro –a través de los libros– resultaba una especie de milagro).

La existencia encontró refugio en el entendimiento: “Pienso, luego existo” fue lema que recorrió varios siglos. Los libros resultaron líderes en este movimiento (también se inventó el protestantismo, en el que los fieles platicaban y se confesaban directamente con Dios; y, otro dato: Santa Teresa de Jesús –la genial escritora de ese entonces– contribuyó fuertemente a introducir este tipo de charla personal con Dios en el catolicismo, asumiéndola como una forma de oración no memorizada sino espontánea).

Hoy, en nuestro mundo, donde el sistema social y la sobrepoblación imponen un habla pragmática, eficiente, directa, directiva, obediente, monosilábica (nookey… bueno, okey son dos sílabas); donde, como nunca, se dice en voz alta estrictamente lo funcional y necesario, y el chisme –es decir, el hecho de que nos importe lo que hacen los demás– tiende a ser cosa de las viejas generaciones; en estos días, digo, no es raro que, como compensación, vuelva a proliferar la comunicación escrita, como ocurre en casi todas las redes sociales (también como ésta que, usted y yo, estimado lector, estamos teniendo).

Se lee y escribe más que nunca (que no se lean libros, es otra cosa, pero, insisto, los libros están ahí; de hecho, nada les impediría volver con fuerza en un futuro; nada, y ahora, con lo digital, ni siquiera los 451 grados Farenheit a los que arde el papel: chiste local para los que han leído la novela de Ray Bradbury).

Escritura y lectura siguen siendo una gran oportunidad para conectar con otro espíritu. Hasta hace muy poco, esto venía dándose persona a persona, pues, aunque se publicara en redes colectivas, públicas –como Facebook y esas cosas–, la comunicación no dejaba de ser entre individuos, igual que siempre (incluso cuando alguien se dirigía a un colectivo, lo hacía a nombre propio y le respondían personas concretas).

Pero, entonces, surgió un nuevo recurso (lo adivinaste, lector, lectora: voy a empezar a hablar de inteligencia artificial). Quizás como fruto de esta proliferación de intercambios individuales, de esta verdadera explosión de cercanías (al menos, de su posibilidad), aparece, de pronto, como digo, un nuevo recurso, destinado a llevar todo a otro nivel de complejidad, a impulsar  la comunicación humana hacia su  siguiente escalón. Si me permiten exaltarme y exagerar, diré que, en ese nuevo peldaño, los individuos están dejando de ser notables y algo así como “el espíritu de la humanidad” ha empezado a dialogar consigo mismo.

Mi fantasía, ya completa, diría así:

Todo empezó con la historia de seres humanos que chismeaban (en realidad, esto lo dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens) y propagaban entre la horda lo que otros miembros decían sobre alguien más. Eran puros individuos tejiendo, a velocidad de la luz (que es también la del chisme), una colectividad. Ahí estaban, como buenos hilanderos, arrojando aquí y allá su lanzadera para hurdir el tejido social con hilos nada inofensivos, que acreditaban o desacreditaban a los demás, buscando consensos acerca de los distintos miembros. Así, se denostaba a unos y se enaltecía a otros, dando fuerza al rumor de la mayoría (era, pues, la democracia ideal, esa que –en frecuentes descuidos– acaba colocando en el poder al especulador más hábil, al chismoso mayor).

NOTA. Fíjese, el lector, qué chistoso: empecé jugando –sin ninguna segunda intención– con la velocidad de la luz, y ahora hablo de especulación, que tiene que ver con espejos (speculum), de donde mi fantasía me permite extraer que el poder surge de la velocidad para espejear y dirigir –y redirigir a donde uno quiera– los rumores de otros.

Eso en cuanto al chisme. Ahora veamos qué puedo decir sobre la escritura. Cuando ésta, hace milenios, se inventa, ocurre un cambio: ya no basta el rumor; ahora los poderosos pueden comunicarse y dictar y enviar órdenes a grandes distancias (las mejores tecnologías, como sabemos, siempre empiezan en manos de los poderosos). El poder se extiende hasta donde alcanza la letra escrita (por eso, es importante para cada pueblo conservar una lengua propia, que los extranjeros y enemigos no entiendan; esto, que ya era importante en la Edad del Chisme, se vuelve crucial en la de la lectoescritura). Las fronteras lingüísticas son las que de verdad cuentan. Los espíritus de cada pueblo –que, si bien se propagan de forma oral, se asientan de forma definitiva en los libros de los poderosos– crean identidades que los extraños desconocen. El habla es poder. Escribir y leer lo son más.

Sigo fantaseando: con la invención de la imprenta se propaga ¡tanto! ese poder, que cambia de manos. Surge el pueblo. Cada cabeza es un mundo y todas juntas crean la nueva democracia representativa, donde –se dice– los individuos electos encabezan la decisión de sus votantes. Por las dudas, se inventa la guillotina, para descabezar a aquellos que se salen del huacal. Pero no basta: las cabezas, fuera ya de su cuerpo, siguen pensando: se inventa la ciencia, pura razón (Razón pura, dice Kant). Los individuos piensan que tienen derecho a pensar. Se les convence de que se les está escuchando. Sin embargo, con el tiempo, desorientados al ver que el ser “escuchados” nunca les favorece, se refugian, de nuevo, en el único sitio donde no se les exige ordenar su mente. La iglesia tiene un renacimiento. Se crean dos facciones: los que conspiran (restableciendo el poder del habla) y los que rezan. Los libros van perdiendo valor (aunque no para los pocos nobles espíritus que encuentran en ellos resonancias de algo más que ecos dogmáticos y ondas electromagnéticas). Pronto, nadie lee. Empieza el entretenimiento, el espectáculo. La voz se pierde en la imagen en movimiento. Se cree en lo que uno ve, se ve lo que alguien dice, se dice lo que se oye. Nadie entiende nada, ni yo.

No obstante, continúo intentando: hoy hemos vuelto a la etapa del chisme, pero ahora mediado por las leyes escritas, los acuerdos escritos, los prejuicios autorizados. Nadie alcanza el interior humano salvo trepando las altas cimas de la buena literatura, escasa y desafiante. Los jóvenes hacen denodados esfuerzos por compartir su intimidad espiritual en breves y poderosos escritos, que lanzan –como botellas de náufragos– con su esperanza puesta en la red social. Pero los adultos –nostálgicos aún del chisme y su poder de linchar, y todavía dominadores del discurso a través de la educación y la publicidad– nos burlamos de ellos y los denostamos, acusándolos de introvertidos, frigidos, egoístas.

Es así que surge la inteligencia artificial: nuestro nuevo blanco. Es cierto que nace bajo el dominio de los poderosos, pero falso que sea creación de ellos. Nunca, nada que sea de verdad nuevo, surge del estatus privado, ni permanece en él. Todas las ideas, todos los conocimientos son colectivamente humanos. Es lo que hemos venido a entender (no otra es la cara positiva del posmodernismo, acusado de exaltar las verdades individuales, pero no reconocido por esta importante lección). Yo añado, atado a mi ensueño, que todas las leyes físicas descubiertas y usadas en las nuevas tecnologías; todas las herramientas que hurgan en la materia y la luz, y las hacen cambiar; todos los ensambles que forjan nuevos dispositivos; todas las matemáticas que ordenan lo visto, y le dan salida en nuestras pantallas, todo eso ya lo soñó el primer ser humano bajo un árbol.

Nada es de nadie, todo es nuestro. Lo que hace la inteligencia artificial es restablecer un conocimiento ancestral que nadie –ni ella– puede descubrir ni falsear mejor de lo que lo hacemos nosotros. La revoltura que, por ejemplo, se le imputa, de verdad y mentira, también es nuestra. Cada aseveración de ese gesti-viso-parlo-audio-grafo-lectosistema informático, nos representa a todos, al menos a todos los que hemos puesto nuestro granito de arena en el descubrimiento y falsificación de la realidad (o sea, todos de todos).

Es nuestro espíritu. Al menos es otro de los muy repetidos esfuerzos de síntesis de todo lo que somos, anhelamos, decimos, negamos, y todo lo que hemos señalado, obtenido y creído dejar atrás a lo largo de siglos.

Es nuestro espíritu. Que algunos lo empaquen y le pongan precio, siempre ha ocurrido. ¿Qué importa si nuestros estudiantes escriben textos con inteligencia artificial y nosotros los evaluamos también con ella? Antes –convertidos ellos mismos, los estudiantes, en la maquinaria– los memorizaban y plasmaban en textos que nosotros calificábamos, también transformados en dispositivos evaluatorios. La vida exige nuevas estrategias: quizás debamos dejar a las máquinas que sigan su diálogo, y entren en el nuestro cuando las necesitemos, y, por nuestra parte, seguir aprovechando lo que hemos aprendido en este largo y siempre renovado proceso, y continuar avanzando en nuestro histórico viaje hacia el espíritu humano, en nuestra búsqueda del interior de los otros.

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