Mundo urbano y ciudades resilientes

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En un mundo predominantemente urbano, donde las ciudades crecen de manera sostenida, así como lo hacen los desafíos sociales, económicos y medioambientales, la resiliencia urbana ya no es una opción, sino una necesidad.

Han pasado diez años desde que el mundo pasó de ser mayormente rural a ser predominantemente urbano, y esta tendencia es irreversible. La población mundial se ha duplicado en los últimos 50 años mientras que el espacio físico del planeta, no solo no puede expandirse, sino que se está reduciendo debido a los efectos del cambio climático y la elevación de los niveles del mar.

Podría tratar de escribir sobre cómo mitigar y reducir la causalidad de esta realidad, sin embargo, prefiero dejar a los científicos esa labor y concentrarme en cómo podemos adaptarnos a lo inevitable.

¿Qué es la resiliencia urbana?

La capacidad de una ciudad para anticipar, resistir, adaptarse y recuperarse de shocks y estreses, sin perder su esencia, funcionalidad, ni comprometer su desarrollo a largo plazo, no es algo innato. La resiliencia urbana se construye al igual que se construyen las ciudades. Es por esto, por lo que el Programa Global de Ciudades Resilientes de ONU-Hábitat[ (CRGP por sus siglas en idioma inglés), ha dedicado años de análisis y estudios para entender cuáles son los principales datos e indicadores que nos señalan potenciales y debilidades en los sistemas urbanos. Algo así como un mapeo de amenazas y capacidades.

La resiliencia urbana no solo incluye el poder de enfrentar desastres originados por fenómenos naturales, y en algunos casos, exacerbados por la mala práctica, que resultan en inundaciones, olas de calor o terremotos, sino también desafíos sociales, como la desigualdad, la migración o la crisis de vivienda. Una ciudad resiliente no sólo responde a shocks, sino que aprende de ellos para transformarse y mejorar. Los procesos de reconstrucción resilientes no son la réplica de la existencia anterior, sino la creación de nuevas maneras adaptativas a la realidad actual.

El conocimiento a profundidad de la ciudad nos permite tomar decisiones informadas para su buen desarrollo y gobernabilidad, de ahí la importancia de los diagnósticos de resiliencia urbana, que informan sobre el estado de salud de las ciudades. Una ciudad saludable, tendrá más oportunidades de lidiar con las innumerables amenazas de un mundo que se transforma.

¿Qué dimensiones engloba la resiliencia urbana?

A manera de ordenar las ideas y crear un marco conceptual que nos ayude a trabajar la resiliencia en las ciudades, es importante tener unas dimensiones de trabajo y medición. Partimos de la noción de que todas las ciudades tienen las mismas dimensiones conceptuales, debido a su naturaleza humana, que muchas veces pasamos por alto.

La primera dimensión, en cuanto a área de trabajo, es la dimensión espacial. Todo asentamiento humano está geográficamente ubicado y distribuido en términos espaciales específicos. Desde el lote más pequeño, hasta los barrios, centros urbanos más grandes, áreas metropolitanas, regionales, nacionales e internacionales.

La segunda dimensión, es la física y ambiental, que se vincula con las infraestructuras y ecosistemas urbanos y prepararlos para mantener funcionalidad en caso de amenazas externas. Esto implica reducción de riesgos, creación de áreas verdes, mejorar el drenaje urbano o impulsar la energía renovable, entre otros.

La tercera dimensión es la socioeconómica, que se refiere a fortalecer el tejido comunitario, la inclusión y la equidad. Las comunidades cohesionadas y organizadas se recuperan más rápido de los impactos. Las capacidades sociales pueden ser positivas o negativas, por lo cual, no considerarlas sería un error. En esta dimensión también se trabaja en diversificar la economía local y apoyar a los sectores más vulnerables, dado que las ciudades con economías adaptables pueden responder mejor a crisis financieras o disrupciones globales.

Finalmente, la cuarta dimensión es la institucional u organizacional, que se refiere a fomentar una gobernanza participativa, transparente y flexible. Las políticas públicas deben ser capaces de evolucionar junto con los desafíos. Cualquier asociación de personas, ya sea formal o informal, desde la individual a la colectiva, ha de ser considerada ya que influencia el perfil de la ciudad y, por ende, su grado de resiliencia.

La experiencia tras más de una década de construcción de resiliencia en distintas ciudades

Tras varios años de intentar construir ciudades resilientes, o por lo menos trabajar con ese objetivo, me permito enfatizar a modo de conclusión, en unos pocos mensajes y aprendizajes que se aplican a todas las dimensiones antes mencionadas:

1- La importancia de diseñar estructuras e infraestructuras flexibles y sostenibles. Los modelos rígidos no resisten tiempos cambiantes. Cuanta más flexibilidad tengamos, más oportunidades de salir adelante existirán.

2- Participación ciudadana en la toma de decisiones. Las ciudades pertenecen a sus habitantes y deben estar hechas para ellos/as, fomentando la colaboración entre los diferentes actores: público, privado y comunitario, ya que la construcción de ciudades resilientes es tarea de todos/as.

3- Invertir en una cultura de prevención. Esto incluye educación medioambiental y la noción de que toda acción tiene una reacción y, por ende, una consecuencia.

4- La resiliencia urbana no es solo una respuesta al riesgo, ni a las amenazas. Es una estrategia para crear ciudades más humanas, justas y sostenibles. Implica aceptar que vivimos en un mundo dinámico y cambiante, por lo tanto, el cambio es inevitable, pero también cada crisis es una oportunidad para reinventar un mundo urbano más resiliente.

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