China, EE UU, el clima y la trampa de Tucídides

China, EE UU, el clima y la trampa de Tucídides

Ambiente: situación y retos

Pablo Kaplun Hirsz. Mayo 18, 2026. El Nacional Ambiente: situación y retos.

  (A propósito de un artículo de Alfredo Portillo)

La tensión entre China y Estados Unidos ya no puede entenderse únicamente como una competencia comercial, tecnológica o militar. Lo que está en juego es el modelo de organización del siglo XXI: quién controla la energía, los minerales estratégicos, las rutas comerciales, la inteligencia artificial, los alimentos, el agua y hasta la transición ecológica global. La reciente reunión Xi-Trump nos lleva a reflexionar algunas cosas.

En medio de ese escenario reapareció con fuerza una expresión antigua y perturbadora: la “trampa de Tucídides”.

La frase proviene del historiador griego Tucídides, quien analizó la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta hace más de 2.400 años. Su conclusión fue tan sencilla como inquietante:

“Fue el ascenso de Atenas y el miedo que eso provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”.

Décadas atrás, el politólogo estadounidense Graham Allison retomó esa idea para explicar la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos. Según Allison, cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante, el sistema internacional entra en una zona de alto riesgo. No porque alguno quiera necesariamente la guerra, sino porque el miedo, la desconfianza y la competencia estructural empujan hacia ella.

La pregunta que hoy atraviesa a gobiernos, mercados y organismos internacionales es brutalmente simple:

¿Está el mundo entrando en una nueva guerra fría… o en algo peor?


La nueva disputa imperial

Durante gran parte del siglo XX, Estados Unidos ejerció una hegemonía casi indiscutida:

  • dominio financiero, 
  • supremacía militar, 
  • liderazgo tecnológico, 
  • control marítimo, 
  • influencia cultural, 
  • y capacidad de imponer reglas globales. 

Pero el ascenso chino alteró ese equilibrio.

En apenas cuatro décadas, China pasó de ser una economía rural y periférica a convertirse en:

  • la principal fábrica industrial del mundo, 
  • líder en infraestructura, 
  • potencia tecnológica emergente, 
  • actor central en inteligencia artificial, 
  • y pieza dominante en minerales críticos para la transición energética. 

Hoy produce:

  • paneles solares, 
  • baterías eléctricas, 
  • tierras raras, 
  • autos eléctricos, 
  • y gran parte de la infraestructura verde que Occidente necesita para abandonar los combustibles fósiles. 

Ahí aparece una paradoja histórica:

La transición ecológica mundial depende, en gran medida, de China.


La dimensión ambiental del conflicto

La mayoría de los análisis geopolíticos siguen mirando esta disputa desde una lógica militar clásica. Pero el verdadero campo de batalla del siglo XXI probablemente sea ambiental.

La guerra por los minerales críticos

La transición energética requiere enormes cantidades de:

  • litio, 
  • cobre, 
  • níquel, 
  • cobalto, 
  • grafito, 
  • y tierras raras. 

Sin esos minerales:

  • no hay autos eléctricos, 
  • no hay paneles solares, 
  • no hay baterías, 
  • no hay redes eléctricas inteligentes. 

China controla buena parte del refinamiento global de esos recursos, incluso cuando la extracción ocurre en otros países.

Por eso Estados Unidos y Europa intentan reducir su dependencia estratégica:

  • promoviendo nuevas minas, 
  • firmando acuerdos con América Latina, 
  • y reorganizando cadenas de suministro. 

Pero eso abre otro problema enorme:

La “economía verde” también puede convertirse en una nueva forma de extractivismo global.

En lugares como:

  • Chile, 
  • Argentina, 
  • Bolivia, 
  • o regiones africanas, 

la presión minera ya está generando:

  • conflictos sociales, 
  • consumo extremo de agua, 
  • degradación ambiental, 
  • desplazamientos comunitarios, 
  • y disputas geopolíticas silenciosas. 

El clima como arma geopolítica

Mientras el planeta enfrenta:

  • olas de calor extremas, 
  • incendios masivos, 
  • desertificación, 
  • colapso hídrico, 
  • y migraciones climáticas, 

las grandes potencias compiten por controlar la transición energética en lugar de coordinarla plenamente.

Ese es uno de los grandes riesgos de la trampa de Tucídides aplicada al siglo XXI:

la rivalidad puede bloquear la cooperación climática global.

Sin cooperación entre China y Estados Unidos:

  • es casi imposible cumplir metas climáticas, 
  • reducir emisiones, 
  • o financiar adaptación para países pobres. 

Ambos países son responsables de una parte gigantesca de las emisiones mundiales. Si entran en una dinámica de confrontación total:

  • aumentará el gasto militar, 
  • crecerá el nacionalismo energético, 
  • y la agenda ambiental quedará subordinada a la seguridad estratégica. 

Taiwán: el punto más peligroso del planeta

Muchos especialistas consideran que Taiwán es hoy el principal detonante potencial de conflicto.

¿Por qué?

Porque allí convergen:

  • nacionalismo, 
  • tecnología, 
  • geografía militar, 
  • comercio marítimo, 
  • y producción mundial de microchips. 

Taiwán fabrica gran parte de los semiconductores avanzados que utilizan:

  • teléfonos, 
  • satélites, 
  • automóviles, 
  • inteligencia artificial, 
  • sistemas financieros, 
  • y armamento moderno. 

Un conflicto allí no afectaría solamente a Asia: podría paralizar buena parte de la economía mundial.

Pero además existe un ángulo ambiental poco discutido: una guerra en el estrecho de Taiwán tendría impactos ecológicos devastadores:

  • contaminación marítima, 
  • ruptura de cadenas alimentarias, 
  • emisiones masivas, 
  • daños industriales, 
  • y crisis energética global. 

El retorno del militarismo climático

Hay otro fenómeno creciendo silenciosamente: las fuerzas armadas del mundo ya consideran al cambio climático como un problema de seguridad.

Sequías, migraciones y escasez de recursos comienzan a verse bajo lógica militar.

Eso significa que:

  • el agua, 
  • los alimentos, 
  • las tierras fértiles, 
  • y las rutas árticas 

podrían transformarse en futuros escenarios de disputa geopolítica.

El derretimiento del Ártico, por ejemplo, abre nuevas rutas comerciales y acceso a recursos naturales. Allí ya compiten:

  • Rusia, 
  • Estados Unidos, 
  • China, 
  • y potencias europeas. 

La crisis climática no está frenando la geopolítica: la está intensificando.


¿Es inevitable la guerra?

No necesariamente.

Esa es precisamente una de las críticas más importantes a la teoría de la trampa de Tucídides.

Muchos historiadores sostienen que:

  • las guerras no son automáticas, 
  • las decisiones políticas importan, 
  • y las sociedades pueden evitar dinámicas suicidas. 

Además, el mundo actual tiene diferencias enormes respecto a la Grecia antigua:

  • existe interdependencia económica, 
  • armas nucleares, 
  • mercados financieros globales, 
  • organismos multilaterales, 
  • y opinión pública mundial. 

El problema es que la historia demuestra que muchas guerras comenzaron no porque alguien las quisiera explícitamente, sino porque:

  • las tensiones escalaron, 
  • las potencias subestimaron riesgos, 
  • o el nacionalismo bloqueó la racionalidad. 

El gran dilema del siglo XXI

La humanidad enfrenta simultáneamente:

  • crisis climática, 
  • desigualdad extrema, 
  • agotamiento ecológico, 
  • automatización laboral, 
  • tensiones energéticas, 
  • y reconfiguración geopolítica. 

Y sin embargo, las principales potencias del planeta destinan cantidades crecientes de recursos a:

  • rearme, 
  • control tecnológico, 
  • espionaje, 
  • y competencia estratégica. 

La gran contradicción contemporánea es evidente: Mientras la crisis climática exige niveles inéditos de cooperación global, las principales potencias avanzan hacia una competencia cada vez más agresiva. En ese contexto, buena parte de la arquitectura creada tras la Segunda Guerra Mundial —desde la Organización de las Naciones Unidas hasta otros organismos multilaterales— aparece hoy más como un símbolo diplomático que como un mecanismo realmente eficaz para ordenar las relaciones internacionales.

La verdadera pregunta quizás ya no sea solamente si China desplazará a Estados Unidos.

La pregunta es otra:

¿Podrá la humanidad evitar que la lucha por la hegemonía termine acelerando también el colapso ambiental global?

Ambiente: Situación y retos es un espacio de El Nacional, coordinado por Pablo Kaplún Hirsz.

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