Guangzhe Chen. 13 de mayo de 2026. Banco Mundial
Un agricultor del delta del Mekong, en Viet Nam, utiliza una bomba de agua y sensores que monitorean los niveles hídricos y envían datos a su teléfono para optimizar el riego del arroz, un cultivo que demanda grandes volúmenes de agua. Fotografía: Linh Pham/Banco Mundial.
En 2050, 10.000 millones de personas necesitarán alimentarse, y cientos de millones requerirán empleos de mejor calidad y medios de subsistencia más sólidos. El agua es clave para enfrentar ambos desafíos. Una gestión más inteligente del agua puede impulsar una producción más sostenible de los sistemas alimentarios y, al mismo tiempo, generar empleos, aumentar los ingresos y apoyar un crecimiento económico más amplio.
A primera vista, todo apunta a un problema de escasez de agua. Sin embargo, la evidencia revela un desafío más general —y también una oportunidad— de cómo gestionar este recurso para respaldar la producción de alimentos, el empleo y el crecimiento.
La agricultura mundial sigue siendo uno de los grandes logros de la humanidad, ya que cada día produce alimentos para miles de millones de personas. Pero a medida que la población crece —en unos 200.000 habitantes diarios— y el estrés hídrico provocado por el clima se agudiza, la pregunta es si lograremos sostener la producción de alimentos, al tiempo que respaldamos los medios de subsistencia y el crecimiento económico.
El verdadero desafío no es cuánta agua tenemos, sino cuán desigual es su uso para producir alimentos en el mundo. Algunas regiones desaprovechan los abundantes recursos hídricos, frenando con ello el crecimiento, el empleo y los ingresos. Otras siguen produciendo alimentos mediante la sobreexplotación de recursos ya escasos, y exportan ocasionalmente cultivos que no son sostenibles.
Este desequilibrio no es inevitable: refleja decisiones en materia de políticas e inversiones, y se puede abordar.
La respuesta inicial es la manera en que gestionamos el agua. En el informe Nutrir y prosperar (en inglés) del Grupo Banco Mundial se plantea que una gestión más inteligente del agua en la agricultura es fundamental para abordar este desafío.
Los países enfrentan puntos de partida muy diferentes en lo que respecta al agua y la producción de alimentos. Algunos tienen abundantes recursos y un potencial agrícola sin explotar, mientras que otros ya sufren un grave estrés hídrico y deben utilizar cada gota más eficazmente.
Algunos eligen la importación de alimentos como una estrategia económica deliberada, en tanto que otros dependen de las importaciones por necesidad, limitados por una infraestructura deficiente y un potencial agrícola desaprovechado. Y otros son grandes exportadores que incluyen en los mercados mundiales.
Estas diferencias importan. El camino a seguir no pasa por una solución única, sino por una mejor alineación entre el agua, la producción de alimentos y las prioridades económicas, adaptada a la realidad de cada país.
En las regiones donde las precipitaciones son impredecibles, el riego sostenible puede incrementar considerablemente los rendimientos, llegando a veces incluso a duplicarlos con creces. Asimismo, tiene el potencial de generar al menos 245 millones de empleos en todo el mundo, en particular en los lugares donde la agricultura sigue siendo fundamental para los medios de subsistencia.
Una mejor gestión del agua va mucho más allá de los alimentos: es un importante motor del empleo y el crecimiento económico.
Traducir esto en resultados requiere tres cambios.
En primer lugar, promover una coordinación y un liderazgo más sólidos. Los países que han transformado exitosamente sus sistemas de riego agrícola consideran al agua un asunto estratégico, y reúnen a los sectores de la agricultura, el medio ambiente, las finanzas, las instituciones encargadas de la gestión hídrica, y la sociedad en general en torno a una visión común.
En segundo lugar, orientar los incentivos y servicios hacia el desempeño. Con demasiada frecuencia, el gasto público premia el uso excesivo o se limita a la infraestructura. La oportunidad radica en enfocarse en la prestación de servicios confiables, con una clara rendición de cuentas en cuanto a los resultados. Con las políticas y regulaciones adecuadas, los Gobiernos pueden atraer la participación del sector privado, ampliar la inversión y lograr mejores resultados para los agricultores.
En tercer lugar, utilizar los datos y la tecnología para fundamentar las decisiones. Demasiadas decisiones se toman aún con información incompleta. Una mayor cantidad de datos satelitales, las herramientas digitales y los sistemas abiertos pueden mejorar la planificación, fortalecer la rendición de cuentas y facilitar un uso más eficiente del agua.
Estos tres cambios ya están en marcha en países de todo el mundo. En Jordania, asociaciones público-privadas, como la planta de tratamiento de aguas residuales de As-Samra (en inglés), demuestran cómo las concesiones a largo plazo pueden movilizar inversiones privadas y, al mismo tiempo, ampliar la disponibilidad de agua tratada para el riego y otros usos productivos. En Nigeria, el Proyecto de Transformación de la Gestión del Riego (en inglés) ha promovido prácticas más eficientes, aumentando simultáneamente la tierra de regadío y produciendo suficientes cultivos para alimentar a casi 1 millón de personas, sobre todo de hogares agrícolas y comunidades rurales. En Türkiye, el Proyecto de Modernización del Riego[MIS1] está reemplazando los canales de riego abiertos por redes de tuberías bajo tierra que reducen las pérdidas de agua y conservan las aguas subterráneas.
En el informe Nutrir y prosperar se documentan muchas de estas soluciones para mostrar cómo los países están ampliando el riego de manera sostenible donde hay disponibilidad de agua, mejorando su productividad donde los recursos hídricos son escasos y movilizando capital privado mediante políticas más sólidas, alianzas y mecanismos de distribución del riesgo.
Los beneficios van mucho más allá del ámbito agrícola.
Por esta razón, el Grupo Banco Mundial promueve la iniciativa Water Forward[MIS2] , un esfuerzo estratégico para que el agua deje de ser una fuente de riesgo y se convierta en un motor de empleo, crecimiento y resiliencia.
Disponer de alimentos en el futuro no consiste únicamente en producir más, sino también en tomar mejores decisiones en el presente.
Al alinear el agua, los alimentos y la inversión, los países pueden garantizar la seguridad alimentaria, crear empleos y apoyar el crecimiento en un planeta habitable.


