En la cosmogonía de la Grecia clásica se narra que al principio de los tiempos existió
el Caos, un vacío desordenado del cual surgió Gea (o Gaia), la diosa que personificó
la Tierra y se convirtió en la sede estable de la vida. Hoy, en un siglo XXI marcado
por el cambio climático, las sequías estructurales, fenómenos extremos como las danas y el fantasma del desabastecimiento, parece que nos enfrentamos a un nuevo caos ambiental. En este escenario, el regadío en España no es un mero sistema de producción; es la herramienta que, emulando la estabilidad de Gaia, pone orden al desorden climático, a la incertidumbre hídrica y garantiza nuestra supervivencia
mediante la transformación del agua en alimentos.
NECESIDAD HISTÓRICA
Como bien advirtió el exministro Jaime
Lamo de Espinosa: “La agricultura española
será de riego o no será”. Esta frase condensa
una realidad geográfica ineludible
y hoy se completa con la visión de que un
mundo sin hambre es imposible sin regadío.
España es un país de extremos, donde
la convivencia con el agua oscila entre la
abundancia torrencial y la escasez severa.
Históricamente, hemos pasado de una visión
“jovellanista” del siglo XX a un modelo
de vanguardia que hoy es admirado internacionalmente
en el sector de la agricultura,
si bien esta percepción no ha calado en
la sociedad urbana.
Para comprender la magnitud de este
sector, basta mirar las cifras: aunque el
regadío solo ocupa el 22 % de la superficie
cultivada, genera el 70 % del valor de la
producción agraria nacional. Dicho de for

