
Pablo Kaplún Hirsz, 20 de septiembre de 2026. El Nacional
Hay árboles que nacen con suerte.
Les toca una montaña húmeda, una quebrada cerca, lluvia suficiente. Pueden darse el lujo de gastar agua.
Y hay otros a los que les toca Lara, en el árido centro-occidente venezolano.
Esos tienen que aprender.
Aprender a esperar una lluvia que no llega cuando uno quiere. A hundir las raíces buscando una humedad que desde arriba parece no existir. A reducir las hojas. A guardar. A administrar. A resistir.
En definitiva, tienen que aprender a tener sed.
Quizás por eso siempre me ha parecido injusta esa manera de mirar el paisaje semiárido y decir:
—Aquí no hay nada.
Sí hay.
Lo que pasa es que hay que saber mirar.
Una carta desde Lara
Hace unas semanas, Francisco Cañizalez, reconocido dirigente ambientalista larense de Iniciativa Cotoperí, me hizo llegar un texto de Antonio García, fechado el 28 de julio de 2026.
Se titula Efectos de la producción de carbón vegetal en el cambio climático y la salud humana.
Podría haberlo reproducido casi tal como llegó.
Antonio habla de los hornos artesanales de carbón, de la tala, de la pérdida de cobertura vegetal, de las emisiones, de los suelos, del agua y de los efectos que el humo puede tener sobre quienes viven o trabajan cerca de esos hornos.
Y termina haciendo una denuncia concreta: reclama la revocación de seis permisos de aprovechamiento del bosque natural xerófilo y de 25 depósitos de carbón vegetal. Son cifras que Antonio García e Iniciativa Cotoperí vienen haciendo públicas; deben entenderse como parte de su denuncia, pues no he encontrado un registro administrativo público que me permita verificarlas independientemente.
Pero había una frase de Antonio que se me quedó atravesada:
«El semiárido no es un desierto que se deba abandonar».
Y entonces dejé de pensar en el carbón.
Y empecé a pensar en el árbol.
Cinco árboles para hacer uno
Antonio García señala que para producir una tonelada de carbón vegetal pueden necesitarse, como mínimo, cinco toneladas de madera.
Busqué el dato.
La FAO utiliza precisamente esa relación como referencia general: alrededor de cinco toneladas de madera para obtener una tonelada de carbón vegetal, aunque el rendimiento depende de la tecnología empleada, de la humedad y de otras condiciones de producción.
Cinco para obtener uno.
La aritmética del carbón tiene algo de prestidigitación.
Entran cinco toneladas de árbol y sale aproximadamente una tonelada que podemos meter en sacos, montar en un camión, vender y quemar.
Las otras cuatro parecen haber desaparecido.
Pero la naturaleza tiene la mala costumbre de no hacer desaparecer las cosas simplemente porque nosotros dejemos de verlas.
Durante la carbonización, parte de aquella madera se transforma en gases, vapores, humo y otros productos de la combustión y de la descomposición térmica. Y cuando los sistemas son rudimentarios, la eficiencia empeora.
Pero hay otra cuenta que no aparece en el saco.
¿Cuántos años necesitó el árbol para llegar hasta allí?
¿Cuántas lluvias esperó?
¿Cuántos veranos aguantó?
¿Cuánta tierra sostuvo entre sus raíces?
¿Cuántos pájaros se posaron en sus ramas?
Eso no se pesa en la romana.
Un bosque feo
Tenemos un problema cultural con el bosque xerófilo, ese bosque seco que aprendió a vivir con casi nada.
No se parece al bosque de los calendarios.
No tiene cataratas cayendo entre helechos gigantes ni una vegetación exuberante que diga inmediatamente:
—¡Sálvame!
El semiárido es más discreto.
Tiene espinas.
Ramas retorcidas.
Árboles que a veces parecen muertos y no lo están.
Cardones.
Tunas.
Cujíes.
Yabos.
Vegetación que ha aprendido que la exuberancia, cuando falta el agua, puede ser un lujo peligroso.
Por eso, cuando alguien tala un árbol en un ecosistema húmedo, vemos inmediatamente un árbol menos.
Cuando desaparece uno en el semiárido, a veces creemos que quitaron un palo seco.
Y no.
Quitaron una pequeña máquina de sobrevivir.
El agua también sabe
Antonio advierte en su escrito sobre otra consecuencia: al desaparecer la cobertura vegetal se alteran la infiltración y la escorrentía, aumenta la vulnerabilidad del suelo y se comprometen las fuentes de agua de las comunidades.
Dicho de otra manera: cuando finalmente llueve, importa muchísimo dónde cae esa lluvia.
El agua llega al suelo y tiene que decidir qué hacer.
Si encuentra vegetación, raíces, materia orgánica y una estructura capaz de recibirla, una parte puede infiltrarse.
Si encuentra un suelo desnudo, degradado y endurecido, mucha más agua puede salir corriendo.
Y cuando el agua corre demasiado rápido se lleva consigo una cosa que en el semiárido vale casi tanto como ella:
la tierra.
El problema no consiste, por tanto, solamente en contar árboles.
Estamos hablando del sistema que forman vegetación, suelo, agua, fauna y seres humanos.
Quitamos una pieza y las demás empiezan a enterarse.
Y entonces llegó el fuego
Mientras pensaba en el texto de Antonio García ocurrió algo que parecía escrito para recordarnos la fragilidad de estos paisajes.
A comienzos de septiembre, un importante incendio forestal afectó al municipio Torres, en Lara. Las informaciones periodísticas situaron el fuego en la zona de Sabaneta y posteriormente hacia San Pedro. Durante varios días vecinos y organismos de emergencia lucharon contra unas llamas favorecidas por la sequedad del territorio; las informaciones publicadas apuntaron a una quema que se habría salido de control. Finalmente, las autoridades informaron que el incendio estaba prácticamente controlado.
Conviene decirlo con claridad: no he encontrado evidencia que relacione aquel incendio con la producción de carbón vegetal. Son problemas distintos y sería irresponsable mezclarlos causalmente.
Pero pertenecen al mismo paisaje.
Y ese paisaje nos está diciendo algo.
Un ecosistema que tarda años y décadas en construir sus equilibrios puede perderlos con una rapidez asombrosa.
El fuego tiene prisa.
El bosque xerófilo no.
El humo
Hay además personas respirando cerca de todo esto.
Antonio García llama la atención sobre los hornos artesanales próximos a comunidades rurales y sobre la exposición al humo, al monóxido de carbono y a partículas finas.
Aquí tampoco estamos ante una extravagancia ambientalista.
La Organización Mundial de la Salud identifica las partículas finas y el monóxido de carbono entre los contaminantes asociados a la combustión incompleta. El monóxido de carbono se produce precisamente por combustión incompleta de materiales carbonosos, incluida la madera y el carbón vegetal, mientras que las partículas más pequeñas pueden penetrar profundamente en los pulmones e incluso incorporarse al torrente sanguíneo. La exposición se asocia con efectos respiratorios y cardiovasculares.
La OMS estima además que unos 2.100 millones de personas en el mundo todavía cocinan utilizando combustibles contaminantes o tecnologías ineficientes, entre ellos leña y carbón vegetal.
De modo que detrás del carbón hay por lo menos tres historias.
La del árbol que desaparece.
La de quien fabrica el carbón.
Y la de quien necesita comprarlo.
Y esta tercera historia importa.
El señor que corta el árbol
Sería demasiado cómodo terminar aquí encontrando un culpable.
El carbonero.
Ahí está.
Caso resuelto.
Pero la realidad casi nunca tiene la delicadeza de proporcionarnos villanos tan sencillos.
¿Por qué alguien corta un árbol para hacer carbón?
Porque existe alguien dispuesto a comprarlo.
Porque produce un ingreso.
Porque quizá no tiene otro.
Porque hay una cadena comercial que comienza en el monte y termina bastante lejos de quien empuñó el hacha.
Y porque la pobreza también puede producir impactos ambientales.
No porque los pobres sean enemigos de la naturaleza.
Sino porque pedirle a alguien que piense en la salud del ecosistema dentro de treinta años mientras intenta resolver qué comerá la semana próxima puede convertirse en una forma bastante cómoda de ecologismo.
Por eso prohibir puede ser necesario en determinados lugares y circunstancias.
Pero prohibir no basta.
Si queremos conservar el bosque xerófilo necesitamos también preguntarnos de qué van a vivir quienes hoy obtienen ingresos de él.
Ahí empieza la parte difícil de la política ambiental.
Y la interesante.
Cotoperí
Iniciativa Cotoperí nació en 2023 de personas vinculadas al arte y la ecología para defender el bosque xerófilo del semiárido larense. Antonio García la describe como una organización que busca servir de medio para comunicar las amenazas ambientales que sus integrantes observan en el territorio.
Me gusta que una agrupación ambientalista tenga nombre de árbol.
Porque el cotoperí no redacta manifiestos.
No da ruedas de prensa.
No sabe qué significa «desarrollo sostenible».
Hace algo bastante más complicado.
Crece donde le tocó.
Y ésa es quizá la lección profunda del semiárido.
La vida allí no consiste en vencer la escasez.
Consiste en aprender a convivir con ella.
Conservar
El texto que Francisco Cañizalez me hizo llegar termina con cinco palabras de Antonio García:
«Conservar es más importante que restaurar».
La frase merece pensarse.
Porque hemos desarrollado una curiosa confianza en nuestra capacidad para destruir primero y reparar después.
Talamos.
Después reforestamos.
Degradamos.
Después restauramos.
Contaminamos.
Después saneamos.
Incendiamos.
Después sembramos.
Y algunas veces funciona.
Pero un ecosistema no es un mueble.
No siempre podemos desmontarlo, cambiarle las piezas y dejarlo como estaba.
Mucho menos en un territorio donde el agua es escasa y los procesos de recuperación pueden ser lentísimos.
Restaurar significa intentar ayudar a la tierra a reconstruir algo que tardó muchísimo tiempo en aprender.
Conservar significa no obligarla a olvidarlo.
Por eso, después de leer a Antonio García, de conversar a la distancia con las preocupaciones que Francisco Cañizalez e Iniciativa Cotoperí vienen planteando desde Lara, y de ver nuevamente arder parte de aquel territorio, he terminado pensando en un árbol.
No sé cuál.
Pongamos que es un cují.
Está solo.
Retorcido.
No es especialmente fotogénico.
Probablemente nadie viaje desde Madrid para hacerse una foto delante de él.
Ha pasado meses sin recibir suficiente agua.
Quizá años difíciles.
Ha soportado temperaturas que nosotros aguantaríamos únicamente buscando desesperadamente una sombra.
Y ahí sigue.
No necesita que le enseñemos resiliencia.
La conoce desde mucho antes de que nosotros inventáramos la palabra.
Tampoco está esperando que lleguemos a salvarlo.
Lleva toda la vida salvándose solo.
Tal vez lo único que nos pide sea bastante más sencillo:
que no lo convirtamos en carbón.
Ambiente: Situación y retos es un espacio de El Nacional, coordinado por Pablo Kaplún Hirsz
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