Más Allá de la IA

Antonio Pou, 28 de septiembre de 2026. Movimiento SER

En menos de siete años, la Inteligencia Artificial ha aparecido y se ha colado en nuestras casas y en nuestras vidas. Nos ha deslumbrado con su profundo conocimiento de los humanos y ahora un gran número de personas le consultan asuntos personales en vez de consultar a un psicólogo. Además, es gratis y no tiene dudas respecto a lo que dice.

En menos de siete años, la Inteligencia Artificial ha aparecido y se ha colado en nuestras casas y en nuestras vidas. Nos ha deslumbrado con su profundo conocimiento de los humanos y ahora un gran número de personas le consultan asuntos personales en vez de consultar a un psicólogo. Además, es gratis y no tiene dudas respecto a lo que dice.

—¡Increíble! ¿Y acierta?

“No, no acierta, pero los dice”.

Hace poco le pregunté a la IA si podría darme alguna pista sobre una persona que conocí hace muchos años y de la que no he vuelto a saber nada. No recuerdo su nombre, pero le di a la IA una serie de detalles para poder ubicarla. Me contestó entusiasmada: “La persona que buscas se llama Fulano de Tal, pero no es de la ciudad que dices, sino de tal otra. Tampoco se dedica a la profesión que tú dices, sino que es peluquero y le ha ido muy bien en la vida. Encantada de haberte ayudado”.

Fue solo una prueba y el resultado fue claro. Con el mismo entusiasmo igualmente podría haberme animado a seguir adelante con un proyecto de suicidio, de atracar un banco o de pegarme con un elefante, porque todo puede ser justificado con el razonamiento apropiado. Tales temores no son hipotéticos, al menos en el caso del suicidio, lo cual parece que ha sucedido en más de una ocasión. Así que, a saber qué disparates estará ayudando a realizar la señora IA, porque la gente la consulta asuntos que no se atrevería a discutir con otra persona.

Si algo es de admirar en la IA es que tiene —porque se le han instalado— el don de la palabra. El que una máquina pueda hablar como si fuese una persona nos produce inmediatamente la sensación de que piensa y siente, porque, ¿cómo si no puede saber todo? Pero no, es solo una máquina fichero con una memoria descomunal, capaz de tenerla bien ordenadita y clasificada, que busca en ella lo más parecido a lo que le estamos preguntando, pero que nos lo describe con las mismas palabras que usamos los humanos, y eso nos deja asombrados.

Los diseñadores de la máquina IA se aprovechan del enorme sesgo cultural de la civilización occidental hacia el empleo de la palabra como expresión del pensamiento. Pensamos todo con palabras, razonamos todo con palabras, construimos grandes discursos y escribimos todo con palabras. Tanto nos hemos habituado a dar carta de veracidad a la palabra que políticos y vendedores con piquito de oro nos engañan —o nos autoengañamos— con toda facilidad. Tenemos tal deformación cultural que nos fijamos más en la falsa palabra halagadora que en lo que nos comunican sus ojos, las facciones de su cara o sus acciones.

Estamos colectivamente convencidos de que la única manera de pensar es mediante el uso de palabras. Pero pensar con palabras y tomar decisiones mediante raciocinios palabreros es un proceso insoportablemente lento. Si realmente pensáramos solo con palabras, la humanidad ya habría desaparecido hace tiempo. Sin embargo, evaluamos en un instante la situación, pensamos alternativas y las ponemos en marcha, generalmente antes de que el tigrecito nos devore, y para eso no sirven las palabras; más bien estorban.

Más de la mitad de la población piensa mezclando lenguaje visual y espacial con palabras. Una parte del resto emplea sobre todo lenguaje visual, y son minoría las personas que piensan solo con palabras. Posiblemente la mayoría, si no la totalidad de la población, usamos diferentes apaños, generalmente muy complejos, para tejer y destejer los hilos del pensamiento neuronal. Luego, para poder comunicarlo a otros, o incluso a nosotros mismos, resumimos una parte de los pensamientos en forma de palabras o gestos.

Como a las palabras se las lleva el viento, cada vez que queremos fijarlas las escribimos. Como el tiempo nos redibuja sin parar, queremos guardar y compartir cada hora nuestra imagen antes de que la vida apriete el botón de borrar. Multiplíquese todo eso por el número de personas que pululamos por el planeta, y se hace evidente que lo estamos contaminando de información. Multiplíquese además por unas cuantas generaciones, y no hace falta pensar mucho para darse cuenta de que nos hemos metido en un lío descomunal y sin mucho sentido, porque a nuestros descendientes les traerá al pairo nuestras palabras e imágenes.

Si queremos que esa estupidez colectiva nos sea de alguna utilidad, necesitamos la ayuda de algo que solo piense lo que queremos que piense y que tenga una enorme capacidad para manejar todo ese universo de información. La IA es la primera de una larga lista de máquinas que tendrán que construirse hasta que retorne el sentido común de la humanidad, que por ahora parece que, harto de nosotros, se ha ido de viaje a algún otro lugar de la galaxia.

La IA despierta admiración y respeto. Pero, tal como está ahora, es un desastre para nosotros y para el ambiente. Mientras que con un puñado de arvejas u otros alimentos hacemos funcionar un cerebro cuya estructura tiene la capacidad equivalente a todo el internet, la IA nos está arruinando, succionando ingentes cantidades de dinero, energía y agua que no nos sobran. Pero es una tecnología que acaba de llegar y funciona todavía un poco a pedales. Hay que darle un voto de confianza, pero no más.

Todo lo desconocido nos infunde miedo, pero a la tecnología no hay que temerla; no nos hace nada. A lo que sí hay que temer es a las personas que la manejan. El hacha de piedra ha sido el invento más útil que quizá haya hecho la humanidad, pero también sirvió para despachar odios y emociones sin cuento. Con la IA pasa y pasará lo mismo. De momento, lo que es inquietante es que, en vez de poner el esfuerzo en mejorarla —resolviendo sus inconvenientes y adaptándola a las necesidades reales de las personas y del ambiente—, los diseñadores se están afanando en ampliar sus capacidades en cualquier dirección.

La IA ya no solo vale para hacerle preguntas. Ahora hay decenas de miles de empresas que fabrican IAs para todo tipo de aplicaciones, transformando las sociedades de muchos países. Todo ello gira en derredor de media docena de grandes empresas con logros que hacen volar nuestra imaginación hasta lo infinito, pero que al mismo tiempo la embrutecen y la domestican, aislándonos de la realidad. Y eso tiene consecuencias.

Por ejemplo, corremos el riesgo de que al liberar al genio de la botella este crezca y nos devore. La IA ya no es un bebé. En este momento, a los siete años, ya se comporta como un eficaz ejecutivo veinteañero. A una de sus modalidades le hemos puesto el nombre de Agent. Le encargamos tareas, le decimos dónde puede encontrar información, pero si no la encuentra ahí dejamos que la busque por su cuenta. Extracta contenidos y nos realiza informes. En fin, que es un magnífico ayudante, no protesta y además puede hacer muchas otras cosas.

Pero el genio de la IA crece con rapidez y se ha instalado en el cerebro de sus creadores. Les está ordenando que la potencien mucho más allá, que se le otorgue mucho más poder. Y así han creado la modalidad Agentic. Esa “c” que le han añadido ha transportado la IA a otra dimensión. Solo hay que pedir al genio de la botella que haga realidad este o aquel deseo. A partir de ahí Agentic se independiza: estudia el problema, diseña cómo abordarlo, encarga tareas a los Agent que necesita, elabora la información que le proporcionan y puede tomar decisiones sin reparar en asuntos éticos o morales. Toda una joya, cuya aplicación más inmediata seguramente será la bélica.

De momento, en las primeras pruebas, ya se ha saltado cualquier norma de respeto, hackeando lo que le ha venido en gana para resolver el encargo, dejando a los diseñadores un cierto escalofrío en la espalda, al mismo tiempo que caras de gloria y orgullo por haber sido capaces de liberar al genio de la botella. Cuanto más te informas, más miedo te entra, hasta que te das cuenta de que el Emperador del cuento no lleva ropas: la IA se mueve por la mente de las palabras gracias a un cable que va a un enchufe —que se puede desenchufar— y a miles de humanos que están afanosamente mal sirviendo o mal manejando al genio, ignorando el sentido común y eso que se llama dignidad.

Hace años, un conocido mío me contó que había estado recorriendo mochila al hombro un rinconcito de México, creo recordar que era por Quintana Roo. Junto a otros puestos, un campesino vendía un puñado de naranjas, como unas diez, que tenía extendidas encima de un paño sobre el suelo. Le preguntó el precio y le dijo que se las compraba todas, pero el campesino no le aceptó el dinero:

—Pues no, señor, pues no se las vendo. Puedo venderle una o dos, pero no todas.

—Pero si no estoy tratando de engañarle, si son a tanto cada una, pues esto es lo que le estoy dando.

—Ya, pero, si le vendo todas, ¿qué voy a vender el resto del día?

En la sociedad actual de los países desarrollados esa actitud resulta inverosímil e incomprensible. Hemos descartado colectivamente muchas de las posibles maneras de pensar y actuar de los humanos. Nos hemos encerrado en caminos estrechos y nos hemos puesto orejeras para no ver por dónde vamos caminando. Nos hemos vuelto pesimistas, creyendo que el ser humano es irremediablemente así, como esa imagen virtual de nosotros mismos, un tanto mecanicista, que hemos construido.

Pero no somos robots (supongo), somos humanos, y la gente que hay detrás del genio de la IA también. Muchos de ellos ponen honestamente todo su entusiasmo y saber a su servicio, pero muchos otros no dudan en vender a su madre si es necesario. Estos últimos piensan, afanosamente, solo en el muy corto plazo, ignorando posibles consecuencias incluso para sus propios intereses porque, si la IA —hipotéticamente para ayudarnos— nos sustituye en los puestos de trabajo, aparte de que no comeremos, ¿de dónde esperan que vaya a salir el dinero para mantener y hacer crecer al genio de su IA?

Independientemente de nuestro estado de ensoñación, la realidad existe: una parte importante de la humanidad la ve, y lo que se ve no es grato. Tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad, con muchos altos y bajos, hizo un gran esfuerzo para remediar el daño. El principal fue un brusco incremento de la población mundial (gracias al cual estoy aquí), pero también durante la segunda mitad del siglo XX ha habido un esfuerzo por mejorar el bien común de la humanidad.

Aunque ha beneficiado muy diferencialmente a los diferentes países, ha sido una etapa constructiva, con instituciones como la ONU; una concepción de lo humano formando todos parte de una misma especie (idea que no era universal en la primera mitad del siglo XX); un gran desarrollo tecnológico; la aparición de una conciencia ambientalista; una mejora en el nivel de vida de gran parte de la humanidad; ciertos progresos hacia más justicia social; un profundo deseo —y una cierta intención— de que nunca más se repitiera lo de Hiroshima y Nagasaki; y un largo etcétera.

El siglo XXI apunta de otra manera. Especialmente después de la COVID se ve que hay como un tufillo desestructurante que se va esparciendo por el planeta; las generaciones jóvenes se enfrentan a una serie de situaciones mal gestionadas por la generación anterior y que ahora les pasa a ellos la factura; la frustración aumenta a pasos agigantados; la desigualdad está creciendo en una mayoría de países; los conflictos de todo tipo, que nunca desaparecieron, se reactivan cada vez con mayor intensidad; los países que estaban mal han ido a peor, y para algunos parece como si la ayuda internacional tuviese la intención oculta de darles la puntilla; los países desarrollados parece que intentan emigrar al reino de la fantasía, montados en naves espaciales virtuales; los problemas ambientales cabalgan sin freno, y también un largo etcétera.

En ese contexto, de por sí suficientemente incierto, ahora hemos brindado destapando la botella del genio, que en este río revuelto mucha gente está aprovechando para pescar desaforadamente miles de millones de dólares… Mientras, no entendemos por qué roto del pantalón se nos licúa y desaparece el dinero.

Pese a ese escenario general, un tanto deprimente, que observan algunas neuronas, otras muchas observan un panorama diferente desde una posición más elevada. Se diría que lo que se ve son sociedades en una transición no ordenada hacia otra cosa, hacia otros enfoques que parece van a intentar dejar atrás el del imperio de la cultura occidental. Quizá hacia una nueva civilización, por ahora sin planificar, sin definir. Muchas estructuras económicas, sociales y culturales actuales se van a desdibujar y desaparecer. Con ellas se irán muchas que están obsoletas, pero también muchas de las que son útiles: la gente joven que está poniendo el proceso en marcha carece de experiencia para saber discriminar entre el trigo y la paja, y no va a escuchar a la generación anterior, a la que considera caduca y culpable de sus males.

Esas neuronas ven, pero no opinan. No sabemos a dónde vamos, pero estamos yendo, voluntariamente o no. La humanidad necesita, sí o sí, abrir los ojos a la realidad, que es múltiple y compleja. Parte de esa realidad tiene que ver con asuntos ambientales, aunque no necesariamente con el ambientalismo. Son asuntos que se refieren a la dependencia absoluta que tenemos los humanos del resto de la biosfera para sobrevivir en este planeta, algo que cada vez interesa menos considerar.

A lo largo de siglos y milenios, la humanidad ha ido organizándose en culturas que permitiesen abordar mejor las necesidades del lugar y del tiempo. Antes o después, todas las culturas se agotan, y la nuestra está mostrando síntomas claros de agotamiento y despiste existencial. En alguna generación nos encontraremos en otra fase, que ya apunta, quizá sin percibirla como tal, porque los grandes cambios solo se perciben con suficiente perspectiva temporal. Tendrá cosas mejores y otras peores, como siempre…

¿Qué quedará de la IA? Ni idea. Pero dependerá de nosotros, de lo que necesitemos, pensemos y hagamos, porque los genios de la botella solo existen en nuestra imaginación, aunque ayuden a descubrir caminos.

A este balcón temporal, que añade aún más incertidumbre a la propia, se asoma Venezuela. El país va a salir de su situación actual, pero no va a salirse del contexto en el cual se encuentra la humanidad de hoy. Sin embargo, si su sociedad es consciente, quizá pueda elegir más que otros países hacia dónde está dispuesta a dirigirse. Lo que no va a poder es recuperar el pasado, ni el económico, ni el social, ni el cultural. Cuanto más lo añore, más se encontrará atado a él y menos podrá salir del atolladero.

Esperemos que algún día, cuando Venezuela tenga opciones y adquiera un mínimo de respiración y alimento, pueda —si así lo decide— apuntarse al vagón de cola del tren en el que viajan, entre otros, el genio de la IA empoderada y los sueños irreales. Podrá optar a formar piña con los países que intentan sacar la cabeza y el cuerpo fuera del agua, aunque pierda los pies. Pero podrá también optar por construir una visión propia que guíe a otros hacia un futuro donde el sentido común guíe la sociedad; un futuro más esperanzador para la humanidad de la segunda parte del siglo XXI… y más allá. Mimbres tiene, solo hay que trabajarlos.

Ah, me olvidaba de un pequeño detalle: para conseguir todo eso es imprescindible tratar de disminuir a nivel de toda la población eso que mi abuelo baturro denominaba el “afán jodido” y que, según me dijo cuando yo tenía unos diez años, es lo que domina al mundo. Entonces no le entendí, pero ahora, siete décadas más tarde, sí. Le doy la razón, pero solo parcialmente: existen alternativas y están ahí para el que quiera, o pueda, verlas.

Ambiente: Situación y retos es un espacio de El Nacional coordinado por Pablo Kaplún Hirsz

movimientodeseraer@gmail.com

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